Madre, marido, hija e incluso el abuelo te reciben con una sonrisa abierta que te atrapa. La comida muy abundante, calidad correcta y precio muy ajustado.
En diez minutos formamos parte de la conversación. Nos explican los platos, el porqué de los mismos y para colofón el marido se sienta en la mesa para acompañarnos en el café y relatar, lo que considera no debemos dejar de visitar.
Está enamorado de su familia y su país.
No podremos verlo todo y nos insiste en la necesidad de volver.
Una vez más dejamos parte nuestra; cuesta levantarse. Son las seis de la tarde y deben cerrar.